sábado, 23 de abril de 2016

DON DÓNOVAN BARTOLINI, UN ENTRAÑABLE AMIGO

El gringo Dónovan Bartolini Rangel fue un próspero empresario de procedencia italiana, que llegó a ocupar el cargo de alcalde de San Ignacio (Cajamarca- Perú) hasta en tres oportunidades. Mi padre lo recuerda como un hombre de gran corazón, solidario y emprendedor que asumió las riendas de su hogar y la crianza de sus 6 hermanos – al lado de su madre Micaela- cuando sólo tenía 15 años. Mi padre refiere que tuvo que subirse la edad para tomar la conducción de su empresa que supo hacer crecer en base a los consejos de su padre don Umberto Bartolini Cecesarini, un italiano que llegó procedente del viejo mundo huyendo de la hambruna que asoló esta región luego de la Segunda Guerra Mundial.

"El paludismo había causado estragos en mi salud. Un buen día un colaborador municipal me preguntó si sabía llenar libros contables, debido a que los documentos del Concejo se hallaban retrasados en un año. Le dije que sí. Durante toda una noche puse en práctica lo aprendido en un curso que llevé en Lima cuando trabajaba en el diario La Prensa. Después de cuadrar los ingresos y egresos, la contabilidad estuvo lista para ser presentada al día siguiente".

Fue en ese entonces que dicho colaborador le comentó a don Dónovan sobre las habilidades contables de mi padre a quién contrató para que llevará las finanzas de sus prósperas empresas que crecieron gracias a su visión empresarial. Su relación se fortaleció con los años. El gringo y el cholo se volvieron inseparables. No sólo los unió los negocios sino una profunda y arraigada amistad.

Entre las tantas anécdotas mi padre recuerda el regalo que don Dónovan le hizo a don Alberto Riofrio, un invidente, que recorría la ciudad vendiendo sus dulces naranjas. Un buen día, don Dónovan buscó a mi padre para pedirle consejo:

De qué se trata, gringo, le preguntó.
Quiero regalarle un burro al ciego Alberto, respondió.
El necesita uno para vender sus naranjas, añadió.

En efecto buscaron a don Alberto para consultarle tamaña propuesta que sólo podía partir del buen corazón de un hombre, solidario y preocupado por su prójimo.
Don Alberto puso sus condiciones:

Si quieren comprarme un burro que sea el de don Venado porque es bueno y mansito, argumentó.

Mandaron a llamar a don Venado y lo convencieron de vender el burro, pese a su negativa inicial.

Tiempo después don Alberto se apareció en la Municipalidad Provincial de San Ignacio.

Usted dirá don Alberto, dijo mi padre poniéndose a su disposición.

A lo que el buen hombre replicó:

Vengo a comunicarle que he vendido el burro que me regaló don Dónovan  porque en vez de ayudarme me han cargado un problema.

Cómo así don Alberto preguntó con curiosidad mi padre.

Mire don Lucho, el asunto es que no sólo se trata de tener el burro, sino que hay gastos adicionales que no puedo asumir como pagar el alquiler de la inverna.

No le faltaba razón a don Alberto sin embargo nadie reparó en las consecuencias del generoso regalo.

Cuando don Dónovan se enteró de su decisión, mandó a llamar al comprador. Se trataba de don Demóstenes Guerrero. Lo obligó a devolver el burro, aduciendo que éste no se vendía.

No se supo el destino final del piajeno, pero el gesto solidario del gringo quedó registrado como evidencia de su gran corazón.

............................

Mi padre tiene intacta en su memoria el día que la Virgen libró al "gringo" de la muerte en manos de su propio hermano.

Un buen día, don Dónovan caminaba por una de las calles de San Ignacio cuando se topó con un peón que le pidió el pago de un servicio. El gringo sacó de su bolsillo el dinero para cancelarle, cuando una moneda rodó hasta una acequia.

Don Dónovan persiguió la moneda hasta lograr recogerla, de pronto divisó una medalla de bronce de la Virgen María que pertenecía a un Rosario. El gringo tomó la medalla y lo colocó en la sencillera de su pantalón. Cuando llegó a su casa le pidió a su hermano que le alcanzara la escopeta por si algún venado se le cruzaba en el camino. De pronto, el hermano de pura casualidad disparó el arma, cayendo la bala milagrosamente en la sencillera del gringo. La medalla de bronce hizo rebotar el proyectil, salvandolo de milagro. El gringo siempre creyó que fue la misma Virgen quien lo protegió. Mi padre también dice que fue la mismísima Virgen María quien salvó al gringo de una muerte segura en manos de su propio hermano.

.............................

Mi padre recuerda la vez que enfermó gravemente siendo trasladado de emergencia de San Ignacio a la ciudad de Chiclayo. Por ese entonces la carretera era  bastante accidentada y sinuosa. El gringo se comportó como si se tratase de un familiar. Pagó el taxi de Jaén a Chiclayo, contrató al enfermero que lo atendió en el trayecto y dispuso que pidiera lo que fuera necesario en la farmacia de la clínica donde quedó internado.

Tanta era su preocupación y atención que las enfermeras preguntaban si se trataba de un familiar. "Es sólo un amigo", respondía mi madre, frente a la admiración de sus interlocutoras. Don Luis Soto  libró una ardua batalla para vivir. Con ayuda de mi madre Magna supo sortear la penosa enfermedad. Había "cholo" para rato.

..............................

Tiempo después en su lecho de muerte don Dónovan llamaba a mi padre para recomendarle algunas tareas. Ya mi padre habría dejado de trabajar para él y el gringo vivía en Lima alejado de sus negocios. No obstante,  siempre recordó aquel viejo y buen amigo, con quien compartió alegrías y tristezas, anécdotas y vivencias, que merecen quedar registradas en este blog de historias colosales.

1 comentario:

  1. Bonita historia, ya se de donde proviene el gran corazón de los familiares del Sr. Bartolini.

    ResponderEliminar