jueves, 27 de octubre de 2016

DON JUAN VALENCIA EL BADANÍ DE FAICAL


En la década del año 20, vivía don Juan Valencia, hombre de holgada economía que bien hubiera podido ser llamado el Badani de Faical debido a que vivía con cinco concubinas en una misma casa, repartiéndose las tareas del hogar y la crianza de los hijos.
Don Juan Valencia no solamente era un hombre afortunado en el amor y la envidia de sus vecinos sino que tenía ciertas cualidades que lo hacían un hombre especial aunque nunca quiso ostentar un cargo público, sino que por el contrario fue seducido por la vida agrícola y la ganadera amasando una enviadiable fortuna que más tarde fue despilfarrada por sus herederos.
El citado personaje era un tipo hábil que podía destilar aguardiente sin hacer uso del alambique, en tanto, tenía una vasta producción de tabaco considerada de primera. Confeccionaba borroncos, una especie de puro gigante que era intercambiado hasta con un día de trabajo agrícola.
Para los lugareños era una delicia fumar, tal es el caso, que muchos portaban su tabaquera una especie de alforja pequeña con todos los elementos necesarios para disfrutar del placer de fumar.
Se dice que fue su hijo mayor don Genaro Valencia Hernández el que despilfarro los bienes poseídos por este singular hombre cuyo recuerdo quedó grabado en la mente de muchos pobladores.
Conocí a una de sus esposas en el caserío de Mandinga pero nunca quiso manifestarse sobre don Juan Valencia acentuando aún más el misterio del harén de don Valencia que se constituyó en una especie de leyenda, y cuya historia fue contada de generación en generación.

LA CARTA DE BENAVIDES


Allá por los años 20, el general Oscar R. Benavides combatió a Augusto B. Leguia, situación que originó su deportación a Australia... Benavides y veinticinco ciudadanos más fueron hechos prisioneros y embarcados en el vapor Paita con destino a Sídney, Australia. Un motín comandado por Benavides capturó al capitán del barco y a sus oficiales y cambió la ruta hacia Costa Rica. Desde Costa Rica Benavides se trasladó a Panamá y luego a Guayaquil (Ecuador) donde restableció contactos con los elementos opositores a Leguía.
Se dice que Benavides llegó a Huancambamba donde inicialmente recibió protección del párroco del pueblo sin embargo debido a que su integridad física peligraba fue llevado a Quito, y posteriormente, al recóndito pueblo de Gramalotes (San José de Lourdes- Perú) donde estuvo bajo la protección de don Rodolfo Soto Aguirre hombre pudiente que se dedicaba a la crianza de ganado vacuno. En este lugar, el general Benavides, pudo estar a salvo de sus enemigos que por orden de Leguía querían mantenerlo alejando del país. Se cuenta que el exilio de Benavides en Gramalotes duró más de año, tiempo en el cual vistió como los lugareños pasando desapercibido entre los vecinos que nunca sospecharon que en sus tierras se escondía un militar de alto rango. Se dice que cuando Benavides llegó al poder años más tarde, mandó una carta de agradecimiento e invitó a Palacio a su protector don Rodolfo Soto, quien tuvo el ingenio de vestirlo como los lugareños para no despertar sospechas, inclusive, cuentan que tuvo que viajar a Huancamaba a comprarle camisas a rayas y pantalones de casineti.
La famosa carta de invitación apareció por los años 40, documento que permaneció en manos de don Alfonso Calderón Angulo, quien fundó la compañía reforzada Chinchipe en la década de conflicto con el Ecuador. Me aseguró que llegó a leer la famosa carta y que había corroborado la firma del mandatario de la Nación. Además, como prueba irrefutable tenía, el sello de agua de Palacio de Gobierno.
Don Rodolfo nunca atendió la invitación de tan histórico personaje, pero quedó en el recuerdo de aquellos que conocieron de la existencia de la misiva.